El hombre y la mujer como compañeros iguales: El mandato bíblico para la ordenación inclusiva

  El hombre y la mujer como compañeros iguales: El mandato bíblico para la ordenación inclusiva

Por Davir R. Larson

 

Las Escrituras son testimonio de que era la intención de Dios que hombres y mujeres vivieran y trabajaran en sociedad, con igualdad y respeto mutuo. Dios llamó a la mujer ezer (“ayuda,” Gen. 2:18), una palabra que a menudo se refiere a Dios (1 Sam. 7:12, Sal 121:1,2).

Se sabe bien que la Biblia describe a la mujer como “ayuda idónea.” Sin embargo, existe una continua discusión sobre lo que significaban estas palabras para los que primero las usaron y lo que debieran significar para nosotros en el presente. Hasta este momento se distinguen tres interpretaciones principales. Una opción ve a la mujer como inferior y subordinada al hombre. Una segunda alternativa ve a la mujer como subordinada pero no inferior al hombre. Un tercer acercamiento describe a la mujer como ni inferior ni subordinada al hombre. Estas tres interpretaciones se destacan en relieve como las maneras principales de ver la asociación entre hombre y mujer,y merecen nuestra cuidadosa consideración.[1]

La primera opción mencionada anteriormente sostiene que ambos, el hombre y la mujer, son humanos pero no de igual manera. La humanidad del hombre es superior. La humanidad de la mujer es inferior. Dios diseñó al hombre para que guiara. Esta es su tarea divinamente asignada. Dios diseñó a la mujer para que siguiera. Esta es la tarea divinamente asignada a ella. El hombre y la mujer son creados por Dios inherentemente desiguales. La sociedad que formen deberá siempre reflejar esta diferencia básica y permanente, una diferencia que no es ni accidente de la naturaleza ni capricho de la historia. Es el mandamiento primor­dial de Dios para toda vida humana.

La convicción básica de esta interpretación es que los seres humanos tal como los creó Dios difieren en su esencia e importancia. Cualquier otra cosa que esta interpretación sostenga tiene origen en esta premisa. Propone una jerarquía que pone a Dios en la parte más alta, al hombre como ser “a la imagen de Dios” más abajo, a la mujer como ser “a la imagen del hombre” más abajo aún, y a los animales y plantas al fondo:

Dios

Angeles

Hombre

(a la imagen de Dios)

Mujer

(a la imagen del hombre)

Animales

Plantas

A través de los siglos, muchos cristianos han encontrado esta manera de mirar las cosas muy persuasiva. También ha atraído a muchos que no son cristianos.

El argumento de que hay diferencia entre los seres humanos en cuanto a su esencia e importancia se encuentra en algunas narraciones extrabíblicas de la creación. Una de las funciones de estas narraciones es justificar los privilegios que algunos grupos gozan al argumentar que Dios les dio a estos individuos o grupos una humanidad superior. Estas narraciones de la creación sostienen a veces que una cierta tribu o clan es más humano que otro. En otros casos,sostienen que una cierta clase social o económica posee una humanidad superior a la de otras. Y aun en otros casos, las narraciones sostienen que los miembros de un género u otro están inherentemente más arriba en el esquema de las cosas.Tales narraciones tratan de justificar las diferencias existentes en cuanto a poder y privilegio por medio del argumento de que reflejan las diferentes clases de gente que Dios creó.[2]

Las narraciones de la creación que registra la Biblia rechazan la noción de que los humanos difieren de esa manera. De acuerdo al Antiguo y Nuevo Testamentos, todos los humanos comparten una humanidad común. No difieren en esencia ni en importancia. Ninguna tribu o nación es inherentemente superior. Ninguna clase económica o social es más alta en el orden de las cosas. Ninguno de los dos sexos es más humano que el otro. Como Pablo de Tarso declaró a los filósofos de Atenas, Dios “de una sangre ha hecho todo el linaje de los hombres, para que habiten sobre toda la faz de la tierra” (Actos 17:26).[3] Es por esto que Pedro, un pescador judío, podía decirle a Cornelio, un soldado romano: “En verdad comprendo que Dios no hace acepción de personas, sino que en toda nación se agrada del que le teme y hace justicia” (Hechos 10:34,33).

La historia de la creación que se registra en Génesis 1 declara: “Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó” (Gén. 1:27). Esta declaración niega que algunas clases o clanes sean más humanos que otros. También niega que Dios haya creado al hombre y a la mujer como dos formas de humanidad, la primera superior y la segunda inferior. El hombre y la mujer son ambos creados a la imagen de Dios. Son iguales en esencia y tienen la misma importancia. Lo importante no es solamente que el hombre sea creado a la imagen de Dios y que la mujer también sea creada a la imagen de Dios, aunque esto es una verdad importante. El argumento aún más significativo es que el hombre no es la imagen completa de Dios y que la mujer tampoco es la imagen completa de Dios, sino que juntos hombre y mujer encierran la imagen de Dios.

El hombre y la mujer son relacionales. El hombre y la mujer son mutuos. El hombre y la mujer son recíprocos. La imagen de Dios,“un poder similar al del Creador—individualidad, poder para pensar algo y que esto se haga,”[4] no se encuentra ni en el hombre como tal ni en la mujer como tal. Florece en la sociedad igualitaria del hombre y la mujer, una sociedad notada por su mutualidad y reciprocidad:

Dios

Ángeles

Hombre Mujer (ambos a la imagen de Dios)

Animales Plantas

Este esquema reconoce que el hombre y la mujer difieren de manera profunda. Pero los sitúa a él y a ella en el mismo plano horizontal en vez de colocarlos “más arriba” o “más abajo” en una jerarquía vertical de esencia e importancia.[5]

La historia de la Creación en Génesis 2 establece lo mismo en un idioma más pintoresco. Declara: “Y de la costilla que Jehová Dios tomó del hombre, hizo una mujer, y la trajo al hombre” (Gén. 2:22). La costilla del hombre que Dios usa para hacer a la mujer es un recordatorio de su igualdad en importancia. Como Elena de White observa correctamente: “Eva fue creada de una costilla tomada del costado de Adán; este hecho significa que ella no debía dominarlo como cabeza, ni tampoco debía ser humillada y hollada bajo sus plantas como un ser inferior, sino que más bien debía estar a su lado como su igual, para ser amada y protegida por él.”[6] Como su igual, la mujer no está subordinada al hombre.

En Génesis, la costilla del hombre que Dios transforma en la mujer es también un recordatorio de su igualdad en esencia. Significa que hombre y mujer están compuestos del mismo material, que la humanidad que comparten consiste de la misma cosa. El hombre y la mujer no tienen dos clases de humanidad. Cuando el hombre primero encuentra a la mujer, exclama, “Esto es ahora hueso de mis huesos y carne de mi carne; ésta será llamada Varona, porque del varón fue tomada” (Gén. 2:23). Como dice de la mujer la autora citada: “Siendo parte del hombre, hueso de sus huesos y carne de su carne, era ella su segundo yo; y quedaba en evidencia la unión íntima y afectuosa que debía existir en esta relación.”[7] Como “segundo yo” del hombre, la mujer no le es inferior.

La historia de la Creación en Génesis 2 se refiere a la mujer como una “ayuda”. Como tal, ella no es inferior al hombre sino que es, por lo menos, su igual. Si la mujer fuera inferior al hombre en todo aspecto, no podría ser “una ayuda”. Por lo tanto, cuando se está refiriendo a la mujer como “una ayuda”, la narrativa usa el término hebreo ( ezer) que la Biblia usa en otra parte con referencia a Dios, el Supremo Ayudador. Moisés, por ejemplo, nombró a uno de sus hijos Eliezer (“mi Dios ayuda”) “porque dijo: el Dios de mi padre me ayudó, y me libró de la espada de Faraón” (Ex. 18:4). Uno de los salmos declara, “Nuestra alma espera a Jehová; Nuestra ayuda y nuestro es­cudo es él” (Sal. 33:20). Otro salmo pide, “Apresúrate a mí, oh Dios, Ayuda mía y mi libertador eres tú” (Sal. 70:3). En son diferente, otro salmo afirma: “Mi socorro viene de Jehová, que hizo los cielos y la tierra” (Sal. 121:1). De igual manera, otro salmo declara,“Nuestro socorro está en el nombre de Jehová, que hizo el cielo y la tierra (Sal. 124:8).“Bienaventurado aquél,” canta otro salmo, “cuyo ayudador es el Dios de Jacob, cuya esperanza está en Jehová su Dios”(Sal. 146:5). Y Oseas describe a Dios que dice,“Te perdiste, oh Israel, mas en mí está tu ayuda”. (Os. 13:9). En cada caso, el nombre usado para Dios es la misma palabra hebrea que la historia de la creación de Génesis 2 usa para la mujer. Como “una ayuda”, la mujer no es ni inferior ni subordinada al hombre.

La historia de la creación que se registra en Génesis muestra a la mujer como “una ayuda idónea” para el hombre, una expresión que realza su relación de igualdad con él. La historia no la describe como su “ayudante”, ni menos como su asistente. Esto es de una importancia que no se puede exagerar. Si la palabra hubiera sido “ayuda” solamente, podríamos llegar a la conclusión equivocada de que la mujer es inferior al hombre, la misma conclusión a la que llegaríamos si nos refiriésemos a ella como su ayudante. Esto sería un error.

Para comunicar en castellano lo que el término neged dice en Génesis 2:18, la Versión Reina-Valera de la Biblia (Revisión de 1960) dice que Dios declarable haré ayuda idónea para él”. Otras versiones dicen, “Le haré una ayuda compa­rable a él”. Y aún otras versiones dicen, “Le proveeré una compañera para él”.

Como indican estas traducciones, el término idónea en este pasaje describe la clase de ayuda que que la mujer es para el hombre. Es “una ayuda” que “camina delante” de él en el sentido de que ella es especialmente “propia”,“conveniente”, “apropiada”, o “adecuada” para él. La mujer se relaciona con el hombre de una manera diferente a otras criaturas porque ella corresponde a él en una manera particular como su pareja y su igual. Elena de White captura este significado cuando comenta que “Dios mismo dio a Adán una compañera. Le proveyó de una ‘ayuda idónea para él’, alguien que realmente le correspondía, una persona digna y apropiada para ser su compañera y que que podría ser una sola cosa con él en amor y simpatía”.[8] En otro lugar, Elena de White es más explícita todavía. Hablando de Eva, dice: “En la creación Dios la había hecho igual a Adán”.9 El significado del término idónea no se encuentra en la inferioridad ni en la subordinación de la mujer sino en su singular igualdad con el hombre.

El flujo de toda la historia en Génesis 2, y no sólo de ciertas palabras en particular dentro de la historia, describe a hombre y mujer como compañeros iguales. “Y dijo Jehová Dios: No es bueno que el hombre esté solo” (Gén. 2:18). En cierto sentido, el hombre no estaba solo porque estaba rodeado por “toda bestia del campo,y toda ave de los cielos” (Gén. 2:19). En otro sentido, el hombre estaba sumamente solo porque no tenía compañera que fuera su igual en esencia e importancia. Como dice la Sra. White: “Entre todas las criaturas que Dios había creado en la tierra, no había ninguna igual al hombre”.[10] Un aire de tristeza se cierne sobre el informe de que “puso Adán nombre a toda bestia y ave de los cielos y a todo ganado del campo; mas para Adán no se halló ayuda idónea para él” (Gén. 2:20).

Aunque la historia no dice por cuánto tiempo el hombre buscó alguien que fuera igual a él entre los animales y las bestias, sí nos dice que su búsqueda fue en vano hasta que Dios le trajo a la mujer, una compañera igual, cuya carne y huesos, cuya composición y constitución eran iguales a la suya propia.Y entonces “estaban ambos desnudos, Adán y su mujer, y no se avergonzaban” (Gén. 2:25).

El pecado invade esta serena escena. Les trae vergüenza al hombre y a la mujer. Les causa temor. Les mueve a culpar y acusar. Termina en maldiciones. Dios le dice a la serpiente: “Por cuanto esto hiciste, maldita serás entre todas las bestias y en­tre todos los animales del campo” (Gén. 3:14). Dios le dice al hombre: “Maldita será la tierra por tu causa; con dolor comerás de ella todos los días de tu vida” (Gén. 3:17). Dios le dice a la mujer, “Multiplicaré en gran manera los dolores en tus preñeces; con dolor darás a luz los hijos; y tu deseo será para tu marido, y él se enseñoreará de tí” (Gén. 3:16).

La subordinación de la mujer es resultado del pecado. No es parte de la creación original de Dios. Según Génesis 3, el dominio que el hombre ejerce sobre la mujer es real pero con raíces en el pecado. Como el suelo duro lleno de espinas en el cual el hombre debe laborar para sobrevivir, la subordinación de la mujer es una amenaza que ella debe resistir para poder sobrevivir también. Bajo la larga y oscura sombra del pecado, el hombre se pone cada vez más dominante. La mujer está cada vez más dominada. A menos que se interrumpa, este diseño se transforma en un ciclo de abuso mutuo que se expande aceleradamente y en el cual el hombre rudamente tiraniza y ella disimuladamente manipula. Este ciclo destructivo no es divertido. No es simpático ni entretenido. ¡Grita de do­lor! ¡Hiede a muerte! No es divino, sino satánico.[11]

A pesar de esta triste situación, quedan dos razones para tener esperanza. Por un lado, el pecado mancha pero no destruye la imagen de Dios en el hombre y la mujer. Por otro lado, una promesa garantiza que un descendiente de la mujer aplastará al instigador del pecado y el sufrimiento. “Y pondré enemistad entre tí y la mujer”, dice Dios a la serpiente, “y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar” (Gén. 3:15).

La segunda interpretación primaria de la relación entre hombre y mujer dice que ella está subordinada al hombre pero no es inferior a él. Este punto de vista rechaza categóricamente la afirmación de que la humanidad de la mujer sea diferente e inferior a la humanidad del hombre. Afirma que la premisa básica de la primera interpretación primaria —que por diseño de Dios los humanos puede diferir en esencia e importancia de acuerdo con su raza, clase, o sexo— es contraria a la historia de la creación según el Génesis y extraña al tenor total de la Biblia. Acerca de este tema, la segunda interpretación no deja lugar a dudas.

Sin embargo, este punto de vista argumenta que, aunque la mujer no es inferior al hombre en manera alguna, es diferente del hombre en muchos aspectos y que en el plan divino estas diferencias conllevan su subordinación. Desde esta perspectiva, la subordinación no es necesariamente mala. Puede ser perversa y a menudo lo es, pero también puede ser beneficiosa. Una subordinación saludable viene de Dios. Una subordinación enfermiza es una distorsión demoníaca de una bendición divina. Cuando se descarta lo falso es importante no descartar lo genuino.

Esta interpretación se basa en la distinción entre igualdad en esencia e importancia por un lado y la desigualdad en papel y función por otro lado. Para que esta interpretación sea válida, tiene que ser posible hacer esta distinción conceptualmente e implementarla efectivamente. Si la distinción no convence, o si decepciona cuando se hace un esfuerzo honesto de vivir de acuerdo con ella, la interpretación falla en su totalidad. La identificación de esta vulnerabilidad no desacredita necesariamente esta interpretación. Lo que hace sencillamente es realzar la importancia de la distinción para esta manera de pensar.

Es fácil elogiar esta interpretación porque hace por lo menos tres contribuciones positivas. Para empezar, como ya se ha dicho, este punto de vista rechaza la idea de que Dios hizo la humanidad del hombre superior a la humanidad de la mujer. Aunque esto puede parecer una cuestión menor, en efecto es una contribución mayor. Los muchos comentarios hostiles a la mujer que han hecho autores influyentes en la cultura occidental a través de los siglos, tanto cristianos como no cristianos, demuestran el valor de esta contribución.[12]

Además, esta interpretación hace una contribución positiva al aprobar las diferencias tanto como las semejanzas entre hombre y mujer. Este énfasis es totalmente bíblico. A diferencia de ciertas interpretaciones que en tiempos antiguos y recientes anhelan una humanidad andrógina, esta interpretación ve estas diferencias como fuentes potenciales de júbilo y felicidad, aunque sean resultado de acondicionamiento tanto como de naturaleza. Lo que significa justamente ser hombre, y qué significa precisamente ser mujer, son asuntos muy discutidos, y así es como debe ser. Sin em­bargo, es útil recordar que estas diferencias son importantes.

Aún más, se justifica que esta interpretación haga sonar una alarma advirtiéndonos del caos moral que nos amenaza a todos. La institución de la familia está en dificultades. Los niños están en peligro. Padres y abuelos se encuentran cada vez más vulnerables. El aborto es común. El divorcio es demasiado frecuente. El abuso —emocional, verbal, físico— prevalece. Las enfermedades transmitidas por medio del sexo son epidémicas. La preocupación legítima causada por dolorosas tendencias es a menudo la leña que alimenta el fuego de los que quieren defender y proteger a la familia tal como la concebimos. Aun los individuos que no se adhieren plenamente a esta interpretación debieran comprender y apreciar las preocupaciones que la alimentan.

A pesar de estas contribuciones positivas, esta interpretación va contra de la corriente de ideas de las Escrituras y de los escritos de Elena de White,por lo menos en tres maneras diferentes. Primero que nada, la distinción for­mal que hace entre la igualdad en esencia y valor, y la desigualdad en roles y funciones no está en forma explícita en la Biblia ni en los escritos de la Sra. White,y si acaso está o no implícitamente contenida en esta literatura es asunto discutible. Esto nos debiera poner en alerta. Es difícil, sino imposible, que en la vida real podamos separar completamente los roles y funciones que cumple una persona, de su esencia y valor. Por supuesto que ni el hombre ni la mujer pueden ser reducidos a los roles que juegan ni a las funciones que cumplen sin que haya residuo. Sin embargo, estos roles y funciones básicas de la vida (los de padre, madre, pariente, hijo, esposo, esposa, etc.) no son como vestidos que uno se pueda poner y quitar sin que le alteren la identidad. En un grado mayor o menor, dependiendo de cuál sea el papel o la función,“lo que uno es” interactúa con“lo que uno hace”.Por lo tanto,es difícil catalogar a la mujer de una manera en lo que se refiere a su esencia y valor, y de otra manera diferente en cuanto al papel y función que cumple.A la larga, la tendencia es tratarla con igualdad o desigualdad en ambos respectos. La historia nos enseña que en tales casos a la mujer se la trata generalmente como si fuera desigual en todo aspecto,no importa qué diga el hombre acerca de la situación. Este problema es intrínseco a la distinción misma. Quizás ésta es la razón por la cual ni los que escribieron la Biblia ni Ellen White la emplean explícitamente.

Un segundo y más inmediato problema es que la manera en que esta interpretación trata algunos pasajes de la Biblia y de los escritos de Ellen White es a veces tan incompleta que se la debe considerar desacertada. Uno de estos pasajes se encuentra en la correspondencia de Pablo con los cristianos de Corinto sobre el tocado para las mujeres (1 Cor. 11:1-16). Pablo empieza su discusión de este problema práctico, los detalles del cual no nos son totalmente conocidos, haciendo diferencias profundas entre el hombre y la mujer. “Pero quiero que sepáis”, escribe en el verso 3,” que Cristo es la cabeza de todo varón,y el varón es la cabeza de la mujer, y Dios la cabeza de Cristo”. Un poco más adelante, Pablo dice que el hombre “es imagen y gloria de Dios; pero la mujer es gloria del varón” (versículo 7). Pablo continúa con su meditación diciendo que “el varón no procede de la mujer, sino la mujer del varón” (versículo 8) y que “tampoco el varón fue creado por causa de la mujer, sino la mujer por causa del varón” (versículo 9).

Si esto hubiera sido todo lo que Pablo dijo sobre el tema, podríamos llegar a la conclusión de que postuló una jerarquía de roles y funciones diferentes para el hombre y la mujer, y quizás también una jerarquía de esencia y valor, una postura que estaría en tensión con lo que él y otros de los escritores de la Biblia dicen en otros lugares. Sin embargo, como si quisiera aliviar a sus lectores de esta impresión, Pablo inmediatamente agrega: “Pero en el Señor, ni el varón es sin la mujer, ni la mujer sin el varón”. Y en seguida dice: “…porque así como la mujer procede del varón, también el varón nace de la mujer; pero todo procede de Dios” (versículo 12).

El problema aquí no está en Pablo. Aparentemente, él empieza aceptando la jerarquía, pero termina rechazándola, por lo menos para aquellos que están “en el Señor”, un resultado consecuente con su tendencia a pensar en voz alta. El problema reside en las explicaciones de este pasaje que se concentran en las palabras iniciales de Pablo,pero dicen poco o nada sobre el cambio en el hilo de sus pensamientos, un ajuste que concuerda con su argumento en otra carta de que “Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús” (Gál. 3:28). Teniendo en mente que Pablo dejó cartas y no tratados, debemos dejar que Pablo sea Pablo y basar nuestras interpretaciones en la totalidad de lo que dijo.

También es importante poner a Elena de White en la perspectiva correcta y citar suficientemente de sus escritos para que sean sus verdaderas ideas las que surjan. Se cita a menudo el pasaje que viene a continuación para respaldar el argumento de que la sierva del Señor creía que el plan origi­nal de Dios restringía a la mujer a ciertas actividades en la vida:

Junto a su esposo, Eva había sido perfectamente feliz en su hogar edénico; pero, a semejanza de las inquietas Evas modernas, se lisonjeaba con as­cender a una esfera superior a la que Dios le había designado. En su afán de subir más allá de su posición original, descendió a un nivel más bajo. Resultado similar alcanzarán las mujeres que no están dispuestas a cumplir alegremente los deberes de su vida de acuerdo al plan de Dios. En su esfuerzo por alcanzar posiciones para las cuales Dios no las ha preparado, muchas están dejando vacío el lugar donde podrían ser una bendición.

En su deseo de lograr una posición más elevada, muchas han sacrificado su verdadera dignidad femenina y la nobleza de su carácter, y han dejado sin hacer la obra misma que el Cielo les señaló. [13]

Generalmente, esto es todo lo que se cita de este pasaje. Pero el resto del párrafo también es importante para comprender adecuadamente la opinión de Elena de White, especialmente la parte que empieza con la oración que viene inmediatamente después de la citada más arriba:

Cuando Dios creó a Eva, se propuso que ella no fuera ni superior ni inferior al hombre, sino que en todas las cosas fuera su igual. La santa pareja no debía cultivar ningún interés independiente uno del otro;y sin embargo, cada uno exhibía su propia individualidad en el pensar y el obrar. Pero después del pecado de Eva, como ella fue la primera en la transgresión, el Señor le dijo que Adán habría de tener dominio sobre ella. Eva quedaría sujeta a su esposo, y esto era parte de la maldición. En muchos casos la maldición ha hecho que la suerte de la mujer sea muy dura, y su vida una carga. En muchos respectos, el hombre ha abusado de la superioridad que Dios le ha dado, al ejercer un poder arbitrario. La Sabiduría infinita desarrolló el plan de redención, que le concede a la raza humana una segunda oportunidad de prueba.[14]

Como demuestra este ejemplo, algunas citas de Elena de White oscurecen y distorsionan lo que en realidad ella dice porque son demasiado breves. Esto no es justo para con ella ni para con los que aceptan su don de profecía. La sierva del Señor mantiene que Dios creó a la mujer igual al hombre en todo aspecto. Ella está consciente de que el pecado de la mujer no estribó en tratar de ser como el hombre, al cual ya era igual, sino en tratar de ser como Dios.[15] Ella describe la subordinación de la mujer como parte de la maldición y no como parte de lo que Dios instituyó originalmente. Considera que esta maldición, a pesar de lo horrible que es, podría haber beneficiado al hombre y la mujer al establecer orden en lo que de otro modo sería una situación caótica pero que el hombre lo dificultó más al ejercer un poder arbitrario sobre la mujer. “Si los principios prescritos por la ley de Dios hubieran sido apreciados por la humanidad caída, esta sentencia, aunque era consecuencia del pecado, hubiera resultado en bendición para ellos, —dice la autora—; pero el abuso por parte del hombre de la supremacía que se le dio, a menudo ha hecho muy amarga la suerte de la mujer y ha convertido su vida en una carga”.[16] La Sra. White insiste en que no todo se ha perdido, que el plan redentor de Dios les da una oportunidad al hombre y la mujer para que empiecen a recobrar su relación igualitaria.

La tercera y más problemática dificultad con la opinión de que la mujer es subordinada al hombre pero no inferior es que deja fuera la trayectoria del “drama de los siglos”. No percibe el flujo de la historia bíblica. No detecta la dirección de las narrativas del Antiguo y Nuevo Testamento. Por lo tanto, aunque sea fiel a la Escritura en muchas maneras, esta interpretación, como alguien que no comprende la trama de una gran obra teatral, ignora gran parte de la historia bíblica.

La historia bíblica del hombre y la mujer se desarrolla esporádicamente, y no es pareja. El hilo de la trama nunca desaparece enteramente, pero tampoco es un relato de progreso constante y cumulativo. Hay partidas y paradas, avances y retrocesos, vueltas hacia derecha e izquierda, y mucho marcar el paso. Sin embargo, a medida que la narrativa bíblica se desdobla, tres puntos de la trama se destacan con claridad absoluta. Primero, de acuerdo a como Dios los creó, el hombre y la mujer tienen una relación igualitaria. Segundo, debido al pecado la relación igualitaria del hombre y la mujer desciende a un ciclo destructivo de abuso mutuo. Tercero, Dios sana a los que quieren ser sanados, y este proceso cicatrizante incluye la restauración de la relación igualitaria del hombre y la mujer de una manera tan amplia y rápida como sea posible. 

En contraste con esta película o video, la interpretación de la mujer como un ser subordinado aunque no inferior es como una diapositiva, o como un cuadro de un video que haya sido detenido permanentemente. Sugiere que la mujer ha tenido siempre un papel y función subordinados y que siempre permanecerá así. El drama bíblico nos recuerda que no siempre fue así (Génesis 1-3). Y nos anuncia que no será así en el futuro (Joel 2), y deja en claro el hecho de que no necesita ser así en el presente (Gálatas 3). La segunda interpretación primaria del hombre y la mujer ignora este movimiento dinámico, este constante despertar en el drama de la salvación.

La tercera interpretación primaria ve la historia humana como un drama en desarrollo, un drama cósmico, la “Gran Controversia”. La serie titulada “El Gran Conflicto”, de Elena de White, empieza con la proclamación de que“‘Dios es amor’. 1 Juan 4:16. Su naturaleza, su ley, es amor. Siempre lo ha sido; siempre lo será”.[17] La serie termina con “desde el átomo más pequeño al mundo más grande, todas las cosas, animadas o inanimadas, en su resplandecente hermosura y su perfecta felicidad, declaran que Dios es amor”.[18] Entre ambos extremos, la lucha continua entre el bien y el mal le da a cada generación su momento en el escenario de la vida, un papel en el drama en desarrollo, su oportunidad para avanzar o retardar la causa del amor divino.

La trama de la historia establece tres puntos pertinentes al hombre y la mujer. El primero de estos es: “Cuando Dios creó a Eva, Él decidió que no debía ser ni inferior ni supe­rior al hombre, sino que en todo ella debería ser su igual”.[19] Según la Biblia, el hombre y la mujer no deben ser diferentes en esencia y valor. Hay diferencia en muchos de sus roles y funciones; sin embargo, estas diferencias funcionales, sean ellas biológicas o culturales o alguna otra combinación, no autorizan al hombre ni a la mujer a regir o gobernar al otro. Estas diferencias capacitan al hombre y la mujer y les requieren que se ocupen en pensamientos y sentimientos recíprocos, enseñanza y aprendizaje recíprocos, y en el dar y recibir ayuda recíprocamente. Y deben hacer esto como compañeros idóneos, cada cual contribuyendo a la relación sin abandonar su singular identidad.[20]

Lejos de justificar el ejercicio de poder arbitrario por un clan, tribu, o género, las historias de la creación en la Biblia desenmascaran como violenta y fea tiranía todo empeño de oprimir al hombre o a la mujer en nombre de Dios. “No tomarás el nombre de Jehová tu Dios en vano”, declara el tercer mandamiento, “porque no dará por inocente Jehová al que tomare su nombre en vano” (Ex. 20:7).

El segundo punto en la trama dice que por el pecado de la mujer, “ella estaría sujeta a su esposo, y esto fue parte de la maldición”.[21] La subordinación de la mujer al hombre, aún en el matrimonio, es inicua y pecaminosa. Es evidente que esta subordinación no es creación de Dios sino del hombre por el hecho de que el dominio de la mujer por el hombre no se menciona en Génesis hasta que entra el pecado, y entonces se lo caracteriza como una maldición a causa del pecado. Una autoridad arbitraria, aunque sea tiránica y opresiva, es preferible a las peores formas de anarquía y caos social; aún así, es un mal. Este mal aumenta con su longevidad.

No hay ninguna justificación para prolongar la subordinación de la mujer en nuestro tiempo como continuo castigo por su pecado. Usamos nuestras imaginaciones y nuestras energías, correctamente, para ayudar al hombre a superar la maldición que le dificulta el cultivo de los terrenos. De igual manera, y por razones igualmente persuasivas, debemos equipar también a la mujer para que supere la maldición que le hace difícil relacionarse con el hombre en igualdad de condiciones. Como Ezequiel estableció claramente, no debemos castigar a una generación por las transgresiones de generaciones anteriores: “El hijo no llevará el pecado del padre, ni el padre llevará el pecado del hijo; la justicia del justo será sobre él, y la impiedad del impío será sobre él” (Eze. 18:20).

El tercer punto en la trama de este drama es que: “Una sabiduría infinita diseñó el plan de redención, el que pone a la raza humana a prueba por segunda vez al proveerle otro juicio”.[22] La historia continúa. La narrativa avanza. El drama se desdobla. Estudiamos las Escrituras y trazamos los altibajos del hombre y la mujer en las narrativas del Antiguo y Nuevo Testamentos, siempre teniendo en cuenta la dirección en que se mueve el plan de redención. Estudiamos la historia cristiana y discernimos que desde los tiempos bíblicos Dios ha estado guiando al hombre y a la mujer hacia la recuperación de la relación igualitaria. Vemos los puntos bajos como los destemplados ataques a las mujeres por gente como Tertuliano. Vemos los puntos altos, como en la reservada pero firme resistencia al poder arbitrario del hombre de parte de una mujer como Elena de White. Vemos figuras heroicas como Martín Lutero que encarnan en sus propias vidas las luchas de toda una era sobre esta u otras cuestiones.A pesar de todo, la historia continúa porque el amor de Dios no descansará hasta que el hombre y la mujer se realicen otra vez en igualdad de condiciones.

En nuestros días, debemos discernir la dirección en que Dios nos guía tal como aparece en la Biblia y en la historia del cristianismo,y debemos progresar en el plan de redención aunque sea poco a poco. Para ser cristiano hoy, no es necesario simplemente reiterar las palabras y hechos de los discípulos. Hay que dicernir la dirección en la que Dios los guiaba y avanzar más en esa dirección que lo que ellos podían. El plan de redención se mueve hacia una restauración de la igualdad de condiciones para el hombre y la mujer. Dios guió a las generaciones previas en esta dirección. Dios nos guía en esta dirección en el presente. Esta es la dirección que debemos tomar.

Esto requiere que haya cambio. Pero el cambio nos da temor —y este temor no es del todo inapropiado. Sabemos que el cambio no es siempre positivo; a veces es destructivo. Por lo tanto,hacemos bien en ejercer cautela. Sabemos también que mientras Dios nos guía hacia una restauración de la igualdad de condiciones entre el hombre y la mujer, otros grupos hacen un llamado por cambios aparentemente similares con voces que no siempre nos suenan como la voz de Dios. Esto justifica aún más el ser cauteloso. Podríamos equivocarnos, podríamos no hacer nuestro papel bien en el drama que se desdobla, en por lo menos dos maneras. Por un lado, podría ser que rechazáramos la voz de Dios porque no nos suena conocida. Por otro lado, podría ser que erróneamente identificáramos una voz ajena en lugar de la voz de Dios. “No apaguéis al Espíritu”, dice Pablo, “No menospreciéis las profecías. Examinadlo todo;retened lo bueno” (1 Ts. 5:19,20).

Superamos nuestro temor y adquirimos un sentido de dirección moral mediante el estudio de las Escrituras y de la historia cristiana. “No tenemos nada que temer del futuro, excepto que se nos olvide la manera en que el Señor nos ha guiado, y sus enseñanzas en el pasado”.[23] Si recordamos, si regresamos una y otra vez al manantial de experiencia cristiana, podremos controlar nuestro temor en vez de permitir que éste nos controle a nosotros. Podremos reírnos del temor que nos tienta a atribuir cada mal del mundo, real o imaginado, a la creciente presencia de la mujer en las esferas públicas de la vida.

Ciertas partes del Nuevo Testamento son especialmente capaces de proveer para nosotros un sentido de dirección moral. Una de estas es la discusión de la iglesia como “el cuerpo de Cristo” en 1 Corintios 12. Aunque este pasaje no se dirige directamente a la relación entre el hombre y la mujer, su uso de la metáfora del “cuerpo” es instructivo cuando uno considera todas las relaciones humanas. El énfasis de Pablo parece ser que, aun cuando las distintas partes del cuerpo tienen funciones diferentes, todas tienen igual valor por su interdependencia. Lo mismo sucede en la iglesia. Los miembros difieren en sus talentos, roles, y funciones, pero ninguno es más importante que otro porque la iglesia, igual que el cuerpo humano, es un organismo compuesto de individuos interdependientes.

En este pasaje se nota un desplazamiento que se aleja del pensamiento jerárquico hacia un pensamiento orgánico que es extremadamente sugestivo para la relación igualitaria entre hombre y mujer. Implica que su relación puede ser interdependiente, recíproca, y mutual; que no necesitan estar “más arriba” o “más abajo” en una especie de rígido tótem de autoridad arbitraria.

La exposición que hace Pablo sobre las relaciones humanas en Efesios 5 y 6 también es de utilidad cuando se busca dirección moral sobre el hombre y la mujer. Una lectura apresurada del pasaje puede dar la impresión de que reafirma simplemente los patrones de superioridad y subordinación. Tal no es el caso. El pasaje comienza con el recordatorio de que los cristianos deben estar “dando siempre gracias por todo al Dios y Padre, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo. Someteos unos a otros en el temor de Dios” (Ef. 5:20, 21).[24] Este es el lenguaje de sumisión; sin embargo, es el lenguaje de sumisión mutua, no unilateral. Es el lenguaje de reciprocidad, no de jerarquía; participación, no subordinación en sentido común. Este tema de “sumisión mutua” es el título bajo el cual Pablo pone todo lo demás que él dice y de acuerdo con el cual se tiene que entender todo lo que él escribe.

Después de anunciar el tema de la sumisión mutua, Pablo lo aplica a las relaciones entre esposos, hijos y padres, y entre amos y esclavos. El no suprime estos roles y funciones. Transforma su significado moral en armonía con su tema de sumisión mutua. Las esposas tienen que estar “sujetas a sus propios maridos” (5:22) y los maridos “deben amar a sus mujeres como a sus mismos cuerpos” (5:28). Los hijos deben obedecer “en el Señor a vuestros padres, porque esto es justo” (6:1) y los padres “no provoquéis a ira a vuestros hijos, sino criadlos en disciplina y amonestación del Señor” (6:4). Los esclavos deben obedecer “a vuestros amos terrenales” (6:5) y los amos deben actuar “dejando las amenazas, sabiendo que el Señor de ellos y vuestro está en los cielos,y que para él no hay acepción de personas” (6:9)- Al enfatizar sus respectivas obligaciones y oportunidades, Pablo transforma el significado moral de estas relaciones en la dirección de mutualidad, reciprocidad, e igualdad. Esta es la dirección en la que Dios nos guía siempre.

El tema de Pablo sobre la sumisión mutua es especialmente revelador en su aplicación a los esposos. Las esposas deben someterse a sus maridos “como al Señor”. Por un lado, ella lo debe respetar y honrar. Por otro lado, esta deferencia no debe ser total porque su esposo no es el Señor, el único al cual ella le debe total fidelidad:

Dios requiere que la esposa recuerde siempre el temor y la gloria de Dios. La sumisión completa que debe hacer es al Señor Jesucristo, quien la compró como hija suya con el precio infinito de su vida. Dios le dio a ella una conciencia, que no puede violar con impunidad. Su individualidad no puede desaparecer en la de su marido, porque ha sido comprada por Cristo. Es un error imaginarse que en todo debe hacer con ciega devoción exactamente como dice su esposo, cuando sabe que al obrar así han de sufrir perjuicio su cuerpo y su espíritu, que han sido redimidos de la esclavitud satánica. Uno hay que supera al marido para la esposa; es su Redentor, y la sumisión que debe rendir a su esposo debe ser, según Dios lo indicó, ‘como conviene en el Señor’”.[25]

Pablo apela a la persona (cálido y atrayente) y al principio (frío y exigente) al aplicar el tema de la sumisión mutua a los esposos, quienes reciben muchas más instrucciones de él sobre este tema que las esposas. La persona no es otro sino Jesucristo, el que, nos dice Pablo en otro lugar,“siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres” (Fil. 2:6,7). Esta es la misma Persona que “amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella” (Ef. 5:25). Esta persona, Jesucristo, es una encarnación del verdadero amor, un ejemplo vivo de cómo los esposos deben tratar a sus esposas.

El principio que es el requisito universal de la lógica imparcial dice que “Los iguales bajo circunstancias iguales deben ser tratados con igualdad”. Pablo no cita el principio, pero lo aplica. Los hombres “deben amar a sus mujeres como a sus mismos cuerpos”, nos dice, porque “el que ama a su mujer, a sí mismo se ama” (Ef. 5:28). Por si no captáramos el significado, Pablo nos recuerda en seguida:“Porque nadie aborreció jamás a su propia carne, sino que la sustenta y la cuida” (versículo 29). Su conclusión es: “Cada uno de vosotros ame también a su mujer como a sí mismo” (versículo 33).

Pablo les recuerda a los esposos cuatro veces, en unas pocas oraciones, que sus esposas son sus iguales en esencia y valor. Su línea de razonamiento es clara y válida: (1) Los esposos se aman a sí mismos; esto es un hecho reconocido. (2) Las esposas son iguales a sus esposos en todo aspecto relevante. (3) Por lo tanto, ya que no hay diferencia pertinente entre ellos, los esposos deben amar a sus esposas. “Los iguales, bajo circunstancias iguales deben tratarse con igualdad”. La sumisión mutua de esposos y esposas es, según este pasaje, la reciprocidad entre compañeros iguales. El argumento de Pablo se desarma si lo separamos de su premisa de la igualdad entre hombre y mujer en cuanto a esencia y valor. Con esta premisa, sus conclusiones son el resultado de una lógica sólida, no de sentimientos blandos.

En vista de pasajes bíblicos como éstos, que nos dan un sentido de dirección moral, no debemos sentirnos perplejos a pesar del rumor desconcertante de otras voces morales que surgen para hacerles competencia. El coraje y la sabiduría están a mano.

¡Hay tanto que depende de que comprendamos las cosas bajo la luz del continuo drama de las edades! ¡Tanto depende de nuestra capacidad de distinguir la dirección de la trama! ¡Tanto depende de los papeles que elegimos desempeñar en el escenario de la vida!

En esta encrucijada del continuo drama de la redención, la pregunta no es si acaso hombres y mujeres pueden tomar parte en un efectivo ministerio cristiano. Por supuesto que pueden. En armonía con la expectativa de que “después de esto demarraré mi espíritu sobre toda carne, y profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas” (Joel 2:28), tanto los varones como las mujeres han confirmado sus llamados al ministerio por su fiel desempeño en “la edificación del cuerpo de Cristo” (Ef. 4:12). Han hecho esto de varias maneras anticipadas por el Nuevo Testamento: “unos, apóstoles… otros,profetas… otros, evangelistas… otros, pastores y maestros”(Ef. 4:1 l). Así es,“Dios no hace acepción de personas” (Hch. 10:34) al llamar a hombres y mujeres al ministerio o al proveerles con talentos y preparación para el servicio. La iglesia contemporánea tiene muy buen conocimiento de esto,que proviene de los principios existentes en las Escrituras, así como de su propia experiencia.

La pregunta que surge en este momento del drama en desarrollo es si los cristianos que reciben servicio de parte de hombres y mujeres los van a tratar con la igualdad que se merecen. Esta pregunta hay que contestarla con un respetuoso pero decisivo “¡Sí!”

Esto no significa que a todas las personas se les debe otorgar los mismos poderes y privilegios dentro de la iglesia. Lo que significa es que el concederles tales oportunidades y responsabilidades debe ir ligado a los talentos evidentes de un individuo para una forma particular de ministerio y no a su raza, clase económica o sexo. Si se le niega a un individuo el acceso completo a alguna forma disponible del ministerio cristiano, debiera ser porque él o ella no califican para ese tipo de servicio y no a causa de su sexo. Los dones para el ministerio —no el género— deben ser los factores decisivos. “¡Talentos,no género!” es el único lema moral apropiado.

Esta no es una cuestión de reglamentación denominacional. Tampoco es una cuestión de diversidad cul­tural ni de prudencia legal o financiera. No es asunto de estilo ético ni de rebelión femenina. Esta no es una actitud de insolencia adolescente.

Pablo parece violar este principio en dos ocasiones al hacer del género, no de los talentos, un factor determinante. En una ocasión él dice: “Vuestras mujeres callen en las congregaciones; porque no les es permitido hablar, sino que estén sujetas, como también la ley lo dice” (l Cor. 14:34). En otra oportunidad él dice, “La mujer aprenda en silencio, con toda sujeción. Porque no permito a la mujer enseñar, ni ejercer dominio sobre el hombre, sino estar en silencio” (1 Tim. 2:11,12).

No tenemos hoy un cuadro completo de lo que quería decir Pablo en estos pasajes ni por qué lo decía. Sospechamos, como indica su referencia a “la ley” en el primer pasaje citado, que hasta cierto punto él estaba apelando a las costumbres judías. En el segundo pasaje, es difícil saber qué importancia y significado adjudicarle al uso de la primera persona en la declaración de Pablo, “No permito a la mujer enseñar” (versículo 12). ¿Estaba él a punto de distinguir entre lo que era su preferencia personal y lo que eran enseñanzas divinas directas como lo hace en otro lugar al decir: “No tengo mandamiento del Señor; mas doy mi parecer, como quien ha alcanzado mise­ricordia del Señor para ser fiel”? (1 Cor. 7:25). ¿O presentaba Pablo su consejo como asunto de urgencia divina, de la misma manera que en otra parte dice: “Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo”? (Romanos 12:1.) No lo sabemos.

Lo que sí sabemos, debido a todas las otras cosas que Pablo dijo e hizo, es que constantemente se esforzó para desmantelar en el nombre de Jesucristo todas las barreras que se oponen al florecimiento humano basadas en diferencias artificiales de razas, clases, y géneros. Esto fue el aspecto que definió su ministerio. Sobre esto no hay duda.

¿Cómo podríamos interpretar los pasajes bajo consideración? Podríamos decir que son tan inconsistentes con lo que Pablo dice en otros lugares que no podría haberlos escrito él. Otra opción es decir que él sí los escribió pero que no se dio cuenta que se contradecía, algo que le puede suceder a los que escriben muchas cartas. Una tercera posibilidad es que cuando escribió estos pasajes, Pablo violó a propósito y deliberadamente sus propias convicciones éticas sobre el hombre y la mujer. Ninguna de estas alternativas es convincente.

Esto nos deja librados a dos alternativas restantes: O Pablo creía como asunto de principio ético que el acceso a formas específicas del ministerio debiera estar determinada por el sexo de la persona tanto como por sus talentos, o él sabía que el principio de otorgar tales oportunidades y responsabilidades de acuerdo con los talentos de la persona, sin consideración de su sexo, no podía ser completamente implementado en aquel tiempo y lugar debido a circunstancias locales que no comprendemos totalmente en el presente. La segunda de estas alternativas es más congruente con todo lo demás que sabemos sobre Pablo.

Discernir es distinguir, separar, dividir. Una persona perspicaz es un individuo que puede analizar una situación y sus posibilidades mediante la identificación de los varios aspectos que la distinguen. El don del discernimiento ético es la habilidad, parcialmente innata y en parte cultivada, para distinguir en una situación dada: (1) el principio ético pertinente, (2) la realidad de lo que está en práctica en el momento, y (3) hasta qué punto se pueden transformar las prácticas del momento sin causar problemas aún mayores. Pablo poseía este talento en abundancia.

Pablo hizo tan pocas concesiones éticas a las prácticas en boga como le fue posible, y tantas como le fue necesario. Si estuviera vivo hoy, no nos pediría que repitiéramos todo lo que hizo en su tiempo. Nos pediría que fuésemos tan lejos y tan rápido como nos fuera posible en la dirección que él viajaba, con la esperanza de que en nuestro tiempo llegáramos más cerca de la recuperación total de la relación igualitaria entre hombre y mujer que lo que se pudo lograr durante su vida. “Olvidando ciertamente lo que queda atrás”, él escribió, “y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús” (Fil. 3:13,14).

¿Votaría Pablo hoy en favor de permitirles a específicas regiones de la iglesia mundial que decidan dentro de sus propios territorios si acaso van a ordenar al ministerio a mujeres calificadas?26 La evidencia sugiere que sí lo haría porque el vería esta vía como la mejor solución posible para la iglesia en este momento. Independientemente del resultado de la votación, él continuaría trabajando por la restauración total de la relación igualitaria entre hombre y mujer.

¡Esto es lo que tenemos que hacer en el presente![27]


Sobre el autor: El doctor David Larson es profesor de Estudios Éticos y co-director dei Centro de Bioética Cristiana de la Universidad de Loma Linda. Es egresado del Pacific Union College (Lie.), de la Escuela de Teología de Claremont (D. Min.), y de la Escuela Postgraduada de Claremont (Ph D.). El doctor Larson ha enseñado en Loma Linda desde 1974, y le agradan las playas, montañas y desiertos del sur de California. Sus tres hijos, Erik, Krister, y Rakel, son estudiantes en la Universidad de La Sierra, Academia de La Sierra, y escuela primaria de La Sierra.


Notas:

1.  Se me invitó a escribir este capítulo unas pocas horas después de la muerte de mi madre, un día antes de que cumpliera los setenta y cuatro años. ¿Cómo podía negarme? Mi madre estuvo al servicio de la iglesia que amaba por más de medio siglo. ¡Ella nunca fue desigual ante nadie! Su vida de servicio y su gran cosecha por todo el mundo son pruebas para mí de que en el ministerio cristiano los talentos recibidos y la voluntad de usarlos en beneficio de otros son factores más decisivos que el sexo de la persona. Como Pedro, puedo testificar basado en las Escrituras y basado en mi propia experiencia:“En verdad comprendo que Dios no hace acepción de personas” (Hech. 10:34). Ofrezco este comentario en honor y en gratitutd a Jeanne Marjorie Sheehy Riederer Larson (17 de noviembre de 1920 al 16 de noviembre de 1994). ¡Gloria a Dios, de quien provienen todas las bendiciones!

2.  El mito nazi de la superioridad de las razas germanas es un ejemplo de este tipo de narración de la creación, como también lo es el mito del “destino manifiesto” de los Estados Unidos. Es necesario tener presentes los fines políticos y económicos de estas narrativas. No son solamente sobre el pasado sino que también pretenden decidir cómo deberían distribuirse en el presente los beneficios y cargas de la vida. El hecho de que la historia de la creación en la Biblia no favorezca a una tribu, clase o género en particular es una notable excepción a lo que sucede tan a menudo en otras narraciones.

3.   A menos que se indique de otra manera, todas la citas son de la versión Reina-Valera.

4.    Elena G. de White, Za educación, (BuenosAires,Argentina, 1974), pág. 15.

5.   Para una exploración de la “imagen de Dios” y su relación con el tema que se discute, véase V. Norskov Olsen, The New Relatedness for Man and Woman in Christ.A Mirror ofthe Divine (Loma Linda, CA: Loma Linda University Center for Christian Bioethics, 1993).

6.   Elena G. de White, Patriarcas y profetas (Mt.View, CA: Pacific Press, 1958), págs. 26, 27.

7.Id.,pág. 27.Enfasis del autor.

8.    Id.

9.    Id., pág. 42. Enfasis del autor.

10.    Id., p. 26. Enfasis del autor.

11. Para una versión bíblica y psicológica de la tendencia a dominar del hombre en el pecado y de la mujer hacia una acomodación social, véase Mary Stewart Van Leeuwen, Gender and Grace: Love, Work and Parenting in a Changing World (Downers Grove, IL: InterVarsity Press, 1990). Este libro también es muy útil para ver el drama bíblico del hombre y la mujer.

12. Para una reveladora reseña de la hostilidad hacia la mujer entre escritores seculares y religiosos durante todos los períodos de la cultura occidental, véase “First Addendum: Misogynv in Western Thought” en Paul K.Jewett, Man as Male and Female.A Study in Sexual Relathionships from a Theological Point ofView (Grand Rapids,MI: Eerdmans, 1975), pp. 149­159.

13. Elena G. de White, Patriarcas y profetas, (Mt.View, CA: Pacific Press, 1955), págs. 42,43.

14. Elena G. de White, Testimonies for the Church, tomo 3, pág. 484. Énfasis del autor.

15. Vale la pena repetir que en la historia bíblica, la esfera que Eva trata equivocadamente de transcender no es la de su feminidad sino la de su humanidad. El tentador no le promete que al comer de la fruta prohibida ella será como Adán, sino que “serán abiertos vuestros ojos, y seréis como Dios, sabiendo el bien y el mal” (Gén. 3:5). Esta comprensión de que el pecado es un intento de ser más que humano transformándolo a uno en menos que humano se encuentra a través de toda la Biblia. Véase, por ejemplo, el comentario que hace Pablo en el sentido de que al pecar, el hombre y la mujer “cambiaron la gloria del Dios incorruptible en semejanza de imagen de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos y de reptiles” (Rom. 1:23).

16.    White, Patria reas y profetas, pág.42.

17.    Id., pág. 11.

18.    Elena G. de White, El conflicto de los siglos, pág. 737.

19.    White, Testimonies, tomo 3, pág. 484. Enfasis del autor.

20. Para una deliciosa narración teológica sobre la mutualidad del hombre y la mujer, véase Karl Barth, Church Dogmatics, traducido por A.T. Mackay, et. al. (Edinburgo:T. &T. Clark, 1961),Vol. III, Parte 4,pp. 116-240. Es una lástima que la recuperación que Barth hace del énfasis bíblico sobre la mutualidad del hombre y la mujer no lo llevó a rechazar completamente la idea de la subordinación de ella. Lo mismo se puede decir de la obra teológica de Emil Brunner.

21 .White,Testimonies, tomo 3, pág. 484. Enfasis del autor.

22. Id.

23- Elena G. de White, Life Sketches ofEllen G. White (Mt. View, CA: Pacific Press, 1915), p. 196.

24.  Enfasis del autor.

25.  Elena G. de White, El hogar adventista, pág. 101. Un tema prominente en la vida y en las obras de Elena G. de White es que ni el hombre ni la mujer deben someterse a la autoridad arbitraria del otro. Por razones teológicas y de experiencia, ella a menudo rechaza la idea que el hombre o la mujer, tan sólo en virtud de ser un hombre o una mujer, tenga el derecho moral de gobernar al otro.

26.  Para un estudio de la ordenación dentro de la iglesia cristiana, véase el libro de V Norskov Olsen, Myth and TruthAbout Church, Priesthood and Ordination [Mito y verdad acerca de la iglesia, el sacerdocio y la ordenación] (Riverside, CA: Loma Linda University Press, 1990).

 

27.  Quisiera agradecer a Gary Chartier, Gayle Foster, Bronwen McQuistan, Phil Nist, y Gwendolyn Utt por su ayuda en la preparación de esta monografía. ¡Espero que todo tengan tan buenos amigos!

One thought on “El hombre y la mujer como compañeros iguales: El mandato bíblico para la ordenación inclusiva

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